Aranthur Jura

Siempre me he preguntado cómo es el cielo en otros planetas.

Mi madre dice que el cielo de Coruscant está tan lleno de naves que parece de metal. Naves de línea enormes, tan grandes que mi Estrella parece un tornillo oxidado a su lado. Miles de naves mercantes, bailando unas entre otras como electrones descontrolados, como meteoritos que, por arte de magia, nunca llegan a colisionar.

El cielo de Tatooine es aburrido. Sólo llegan precarias naves mercantes, con un destino fijo en el suelo arenoso. Se pierde en la arena, la belleza de los grandes impulsores, la energía desprendida. Sólo de vez en cuando llega una gran nave, pero jamás puedes verla de cerca. Parece que la gente de fuera ve tatuada en la piel morena de los que vivimos aquí la palabra bandido.

Luego está el cielo de Aldera'an. Ese cielo del que habla mi padre en sus cartas. Ese cielo de naves de ángulo agudo. Elegantes y asesinas. Sólo vi una nave así en mi vida. Desde la ventana de mi cuarto, y con los ojos tan llenos de lágrimas que me impedían verlo con claridad. Y, al contrario de lo que hubiera provocado esa nave majestuosa en mí en otro momento, sólo pude preguntarmecómo haría yo para pilotar algo así... con un sólo brazo.

El cielo de Tatooine es tan tranquilo, tan sigiloso, que es peligroso. Somo la arena, como la gente. El cielo de Tatooine fue mi maestro, me enseñó la cautela. Me enseñó que el universo es como una gran máquina, programada para desplazarse siempre del mismo modo. Por eso, sabrás navegar por él, aún siendo tan peligroso, si puedes predecir de él lo impredecible.

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